No es nada nuevo que el ser humano es morboso. Que se para frente al atropello del tren para ver si ve una parte del cadáver, o si el que acaba de caerse de la moto todavía se mueve. Y el turismo no es una excepción. Hace años se revistieron y se abrieron al público, con la excusa de tomar conciencia, los campos de concentración (aunque podríamos ir más atrás y mencionar los museos de cera, las guillotinas, etc). Principios válidos como la “memoria histórica” y el “para que nunca más suceda” justificaron estos parques temáticos del horror. Personalmente, estoy a favor –o más a favor que en contra, luego de meditarlo- de estos... ¿monumentos? Pero también he de decir que este tipo de puntos de interés atrae a un cierto perfil de turista morboso, por no decir perturbado. Una vez conocí a alguien que había dedicado varias vacaciones de su vida a este tipo de turismo. Hasta ese momento había visitado varios campos de concentración nazis, túneles y aldeas arrasadas de Vietnam, vertederos de basura en Honduras, fotografiado las multitudes bañándose en el río Ganges y, la última vez que hablé, me dijo que “le hacía ilusión” presenciar el punto desde el que zarpan las pateras desde África hacia España... No meto todo lo mencionado en la misma bolsa, pero cuando alguien suma todo esto no está bien de la cabeza. Yo he visitado sólo un campo de concentración, el de Terezin (República Checa), y les aseguro que es el único lugar donde, en un espacio vacío, por sí sólo, he sentido como el miedo me acariciaba los pelos del brazo. Me basta para tomar conciencia, me sobran visitar otros campos y desconfío de quien los “frecuenta” (al menos, sin un interés profesional detrás).
Otra “experiencia” terrorífica me la recordó hace unos días un artículo en Hosteltur que mencionaba que hoy “lo más de lo más” es alojarse en los palacios iraquíes que eran de Saddam. 
La noticia me indignó, y me hizo pensar que banalizar determinadas situaciones muchas veces nos hace merecedores de las causas de esas mismas situaciones. Pero también recordé un encuentro que tuve la oportunidad de tener con un soldado destinado en Irák hace unos 6 años. El chico –que había entrado en el ejército americano como reservista para que le pagaran la carrera universitaria, pensando que tendría que tener mucha mala suerte para que el país entrara en guerra en esos años, y que además fuera una guerra que involucrada a tal cantidad de soldados como para que recurrieran a su unidad- estaba de permiso por unos días en Europa, antes de volver al frente y me contó muchísimas anécdotas. Pero además, cedió a mi pedido y no sólo me mostró, si no que me dejó copias de más de un centenar de fotos (como periodista sabía que estaba ante un documento único). En una, se veía el trono de Saddam en uno de sus palacios, y en la siguiente un soldado americano armado hasta los dientes sentado en el mismo trono.
No publico la del chico para preservar su intimidad, y tampoco lo culpo (en su lugar hubiese hecho exactamente lo mismo). Pero de ahí a cobrar entrada por entrar a estos lugares, me parece una brabuconada (no se si este término es más argentino que español, pero en todo caso la ventaja del castellano es que tiene palabras que definen tan bien!) de conquistador maleducado. Y no me refiero ni a ejércitos, ni a gobiernos, ni a países. Me refiero a la prepotencia del turista del primer mundo que se cree con derecho a acceder, a cachetazos de fajo de euros o dólares, a donde quiera. Ya he publicado alguna vez la foto de un gordito alemán atorado en la Naveta des Tudons (Menorca), pero también he visto a mucho progre español que por aquí paga su cuota de Greenpeace, y que luego ilustra su portada de Facebook tomándose un whisky con hielo recién “picado” del Perito Moreno (Argentina) mientras pasea alegremente por la superficie de uno de los pocos glaciares que quedan en pie. Que las autoridades turísticas de mi país natal sean lo suficientemente imbéciles o avariciosas no le quita responsabilidad al turista “eurotizado” –hago copyright del término–.
En el marco de una guerra, y de un pueblo que día tras día sigue sufriendo muertes, la “tontería” es muchísimo más grave. He dejado algunas muy pocas imágenes (ellas forman parte de esa “experiencia” de acercamiento al horror que les contaba antes) de las que me dejó aquel soldado, algunas son muy fuertes y explícitas –he eliminado muchas de las más desagradable-, así que si son sensibles (o si llega hasta aquí algún menor de edad) no las vean (Si se atreven, entren aquí). Pero creo que valen para que entendamos que precio pudo haber llegado a pagar un pueblo para que un grupo de infelices y aborrecibles turistas vaya a pasearse sobre sus miserias.
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jueves 9 de abril de 2009
“Haz turismo invadiendo un país” (o hacer turismo a costa de las miserias ajenas)
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4 comentarios:
Comparto alguna de tus opinion. Yo también conozco a muchos que con la excusa de visitar paises "tercermundistas" hacen básicamente turismo sexual, aunque claro está ellos siempre te dirán que lo principal era visitar los túneles de Cu chi y no que no le hagan un Happy end.
Me has dejado sin palabras, Javier. Felicidades por este artículo.
Silvia
Desgraciadamente hay muchas maneras de hacer turismo irresponsable, como muy bien apuntas en el artículo. Y es que nuestra visión "primermundista" versus al tercermundo es muy colonialista. Fijate en la noticia que ha salido de que el padre y el tío de la niña que actuó en Slundong Millionaire querían venderla a una familia. Pero que es más reprochable,¿la acción de la familia de la niña o la de los productores de la película que se la llevaron a la entrega de los Oscar y luego la devolvieron al basural de las afueras de Bombay?.
Silvia.
Muy bueno el articulo Javier.
Por desgracia abunda esta gente, que como dices va de progre y le gusta este tipo de turismo..."para que no se repita" y encima vuelven diciendo... "ai, pobre gente, que mal lo estan pasando". Es un turista masoca que le gusta disfrutar de la mierda ajena y después seguro que son los primeros en criticarlo.
Felicidades por el artículo
Carme
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